El horror cósmico es un termino muy amplio cuyo máximo catalizador fue Lovecraft con sus entidades aberrantes y deidades ajenas a nuestras limitadas concepciones. Es un estanque profundo del que se ramifican multitud de ríos a los que seguir.
Hay multitud de variables, desde la más Pulp como puede ser Hellboy o mis incursiones con Alessa Parks dónde las entidades más allá de la razón son sometidas por personajes que pueden con ellas, ya sea a base de fuerza bruta o de ignorar el horror que ello implica. La postura de mis personajes tiende a esto: ¿Qué más da? El horror cósmico es ya una realidad en nuestro día a día. El Sol podría vaporizarnos con una tormenta solar en cualquier momento. Podemos seguir adelante pese a esa certeza de que vivimos de prestado en un universo inmisericorde. Si podemos hacerlo con eso ¿por qué no se podría aplicar a la ficción? Aunque en esa ficción el sol tenga voluntad propia.
Luego tenemos el Horror Cósmico, con mayúsculas, el original. Un erudito que se ha acercado demasiado al abismo y el abismo ha tirado de él hasta sucumbirlo y que elija entre la locura y la muerte, pues no hay opción cuerda en un universo tan vasto. ¿Cómo afrontar la verdad? ¿Ser una canica insignificante que flota en un punto indeterminado de un vacío inconmensurable? ¿Ser consciente de que podrías caminar durante eones y jamás llegar al final del universo? El infinito es un concepto que no somos capaces de asimilar del todo.
En realidad, como es común en las categorías en ficción, Horror Cósmico no es un todo. Igual que no significa nada el termino Juvenil porque eso es el sector al que va dirigido y no habla del libro. Es más un tema, una filosofía que envuelve la narrativa. La trama, los personajes, la acción y los diálogos pueden pertenecer a una novela de detectives en los años treinta, una bélica de los cuarenta o un romance a finales de los noventa.
Esta introducción nos sirve para presentar mi primera lectura del año: Buick 8.
Estoy en medio de una lectura conjunta con mi compañera de trabajo de toda la obra de Stephen King. ¿Qué mejor forma de terminar un bloqueo lector que ponerte de deberes la bibliografía de uno de los autores más prolíficos del siglo pasado y de este?
La presencia de Lovecraft y de su horror impregna la obra de King. Se nota en la presencia malvada de la mansión Marsten en El Misterio de Salem’s Lot y en el Overlook de El Resplandor como entidades con un alma corruptora y ajena a nuestro entendimiento. Incluso tenemos una imitación a conciencia en Los misterios del gusano, un relato que bebe por completo del estilo y la pomposidad de Lovecraft para darnos un capítulo más de su mundo de deidades inabarcables.
Pero es en Buick 8 dónde tenemos el horror cósmico de Stephen King. Un horror que impregna lo mundano y se mimetiza con él siendo uno de sus temas ¿Podríamos acostumbrarnos al abismo?
Comencemos con un breve resumen. Buick 8 nos lleva a la revelación de un secreto. Un pequeño cuerpo de policía de Pensilvania lleva más de veinte años guardando un coche que no es un coche, abandonado por un desconocido que tras parar a repostar en una gasolinera desaparece sin dejar rastro. Ese coche que no es un coche, es otra cosa, y de su interior surgen, de vez en cuando, cosas que no deberían existir, no en nuestro plano de existencia.
La novela, a lo largo de sus páginas, nos quiere dejar clara una cosa: Algunos misterios no pueden resolverse. Incluso, para ser King, el Buick no se siente como un villano u antagonista. Es una amenaza de otra clase, igual que temes una ola o la sacudida de un terremoto. El Buick juega con otra escala de peligro irreal que asusta de solo pensarlo. Empezando por su propia esencia. Parece un coche pero el motor no esta conectado a nada, el volante es demasiado grande, las clavijas y botones no funcionan, el tubo de escape es de cristal. Es algo que esta imitando un coche pero no sabe lo que es. Esa idea se te clava como una espina al mismo tiempo que van soltándose capas y capas de nuevos enigmas.
En este punto juega a su favor (Al menos para mi) que tengamos presente Christine a la hora de leer este libro. Durante esas primeras cincuenta páginas no dejas de preguntarte si el Buick será como el Plymouth, y mientras esa idea ronda, King va perfilando algo muchísimo peor. El Buick no es un cocodrilo de feria, aunque lo parezca y a veces actué como si quisiera serlo. El Buick parece un desgarro de toda ley natural. Un punto de entrada por el que se cuela una realidad tan ajena a la nuestra que solo con mirarlo supone exponerse a la locura.
Aquí me detendré un instante porque es muy importante dejar claro que la caída a la locura se siente, se transmite como un rayo. No hablamos de la versión racionalista de Lovecraft, que hablaba de volverse loco cómo algo lógico, un interruptor que saltaba porque debía saltar ante la aparición o comprensión de Cthulhu o Nyarlathotep. King transmite el descenso a la locura como algo sádico y cruel, una enmarañada telaraña de emociones que se te pegan en la cara y eres incapaz de quitártelas por mucho que frotes. Los personajes de Buick 8 no acabarían como John Trent tras leer a Sutter Cane, encerrados en un manicomio con cruces dibujadas por doquier. Es algo más residual, como si el cerebro se viera cubierto por aceite de motor.
La aparición de monstruosidades es un eslabón más en la cadena. La falta de lógica en como está construido el Buick, el ser incapaces de determinar siquiera un patrón de comportamiento, la falta de respuestas a pesar de los esfuerzos de arrojar luz sobre los enigmas es lo que lleva inexorablemente a la locura y, aquí es dónde King crea su propio horror cósmico, parafraseando a Red en Cadena Perpetua llegamos a un punto en que se institucionaliza el horror.
Es una novela lenta basada en contar a un chaval roto por la muerte de su padre el secreto que este guardaba junto al resto de sus compañeros. Es un relato que podría estar contando tu vecino y eso implica ciertos problemas cómo la ausencia de peligro a lo largo de buena parte del libro. Lo que cuenta es fascinante, pero la forma en que lo cuenta le quita el empaque que podría haber tenido narrado de otra forma. Pero King no quiere otra forma. Lo cuenta así porque está hablándote de cómo podemos llegar a normalizar el terror a lo desconocido, de apartarlo de nuestra mente consciente, tirarlo a un cajón y seguir con nuestra vida porque hay que seguir poniendo multas y evitando accidentes de tráfico.
No es para todo el mundo. Su ritmo puede llegar a ser un freno muchas veces. Doctor Sueño y El Resplandor los devoré en unas semanas y Buick 8 me ha durado desde principios de Diciembre. Pero si logras pasar esas primeras cincuenta páginas, si entras en lo que te quiere contar, es una novela que incluso te saca una lágrima cuando llega al final porque, sin darte cuenta, te has encariñado con ese montón de policías de Pensilvania que guardan un cocodrilo de feria de neumáticos blancos en el cobertizo B.
¿Qué mejor forma de recomendarlo que esta propia reseña? He sentido la necesidad de escribir de este libro tras leerlo. De soltar las cosas que he pensado tras cerrar sus pastas una última vez. No se me ocurre un mejor halago para un libro.

