Hubo una vez que una ardilla quiso ser caballero. La diminuta ardilla vivía junto a un castillo donde veía cada día partir caballeros de brillantes y hermosas armaduras. Los observaba perderse en el horizonte imaginando las miles de aventuras que les esperaban mientras ella permanecía en su árbol.

Un día cayó sobre su cabeza una bellota rajada. La casualidad hizo que viera en ese desperfecto una señal, unos ojos oscuros que la observaban. Con gran pericia la ardilla tallo la bellota y se forjó su propio casco. Lo siguiente fue encontrar una espada digna de la tarea titanica que iba a emprender en el horizonte.

Anduvo por los alrededores de su árbol y del castillo sin encontrar nada de utilidad. Primero cortó las espinas de una rosa pero eran demasiado pequeñas para ella. Después pensó en los finos juncos que crecían a orillas del foso del castillo. Embriagada de jubiló trotó a conseguir uno de su tamaño pero la desilusión la desmoronó al ver cómo el junco se doblaba al más mínimo impacto.

Al volver cabizbaja a su árbol con la bellota en una mano, arrastrándola por el suelo con desgana, vio como un campesino estaba cortando con su hacha la rama en la que acostumbraba a dormir. Airada por ese último atropello se lanzó contra aquel gigante colocándose el casco. Agarró del suelo una astilla del árbol y la calvó con furia en el pie de aquel demonio que osaba dejarla sin hogar.

El hombre trastabilló con aquel inesperado ataque dejando caer el hacha. La oportunidad era suya, la ardilla saltó sobre aquel instrumento afilado y encaró al gigante con la astilla silbando en el aire. Ante la insólita situación el campesino se alejó sin dejar de mirar a la ardilla pidiendo auxilio a sus compañeros y señalando a la ardilla. Esta le observaba con orgullo ante la victoria y quedó mirando aquella astilla.

Su imaginación la tornó en una espectacular espada de noble filo y justa punta. “Protectora del Hogar” la llamó mientras con cuidado la afilaba usando el hacha caída por el gigante. De pronto la desazón de la ardilla se esfumó, ya portaba un casco y una espada. Ahora podía emprender una aventura a lomos de su fiel corcel.

En ese momento tomó conciencia de que no tenía una montura. Volvió a investigar los alrededores. Vio al gigante señalar su árbol junto a otros seres de oscas intenciones pero los ignoró en pro de su búsqueda máxima. Algo bramó cerca del riachuelo que bordeaba el río, y la ardilla vio de pronto su bella montura: una esplendorosa rana verde con lunares.

Improvisó un cinto y un lazo. El cinto guardó su espada y el lazo capturó y domo a la bestia que le llevaría lejos del hogar en busca de gloria.

Así la ardilla se perdió en el horizonte al ritmo de los saltos de una rana verde mientras el gigante recuperaba su hacha sin entender lo que le había ocurrido. El campesino dio la espalda a la ardilla que quería ser un caballero y ahora emprendía su primera cruzada.