Llegue a la ciudad al anochecer tras tres semanas de duro viaje. No pude evitar reir con regodeo al contemplar los altos muros exteriores, recordando la mofa con la que mis compañeros me despidieron al partir en mi expedición. Locura, así catalogaron mi misión. La búsqueda de una quimera de la mente de los supersticiosos y temerosos de los dioses antiguos. Ahora podría regresar para disfrutar de la estupefacción de sus compañeros de la Universidad.

El muro se alzaba cuatro metros por encima de mi cabeza, el tiempo había hecho mella en él, las grietas se extendían por toda su superficie, cubiertas de hierbas extrañas y bulbosas. Eran zarzas de un color purpureo con bulbos de un intenso rojo que parecían palpitar. Acerque la mano y note una superficie gomosa y muy fina que contenía un liquido en su interior. Siendo muy cuidadoso me hice con una buena colección de aquellas plantas para investigarlas más adelante, así como fragmentos de la propia muralla que se desprendieron en mi proceso de recolección.

No pude hacer mucho más aquel día, el sol hacía horas que se había puesto y el candil se estaba quedando sin aceite. Monte con rapidez mi tienda en un claro del bosque, protegido por tres grandes robles, al oeste de la ciudad. Ate a mi caballo a uno de esos viejos árboles y me encerré en mi pequeña tienda para descansar con la excitación de lo que descubriría al día siguiente al adentrarme en las ruinas.

No recuerdo bien lo que paso entre el momento que apague la llama de la lampara y caí en el sueño, pero estoy seguro que ya entonces escuche ese sonido de raspado, como si estuvieran frotando un tenedor en un plato de porcelana. Era muy desagradable pero debía ser tan débil que acabe durmiéndome a pesar de todo.

Lo que mi memoria si que ha mantenido intacto ha sido el sueño febril que me asaltó esa noche. Me vi perseguido en un callejón infinito por una criatura de rostro deforme, parecía un cerdo al cual le habían derretido la cara, sus ojos se mantenían ingrávidos  en unas cuencas  que se habían derramado por su rostro creando un vació espectral sobre los que flotaban como globos plancos y enloquecidos. Su boca desencajada emitía un gorgoteo continuo y desagradable que variaba con cada paso por el vaivén grotesco de su mandíbula inferior que se mecía de un lado a otro.

Portaba un enorme martillo de plata con la cabeza mellada que usaba a modo de ariete tratando de golpearme. Derruía a su paso las paredes de aquella callejuela dejando al descubierto los cuerpos sin vida de sus habitantes que, al igual que en la antigua Pompeya, habían sido petrificados en su último aliento, un grito de puro pánico. Vi a aquella bestia barriendo con su arma todo a su paso. Desperté con la imagen de la cabeza plateada del martillo a punto de golpearme.

Aquella pesadilla fue desplomándose en el olvido a los pocos minutos de levantarme. Si era un aviso, un eco del pasado o producto de mi mente agitada por la ciudad nunca podre saberlo, ni siquiera tras lo que viví después. Decidí en aquel momento no dejarme amedrentar por nada, ni flaquear mi animo por fantasiosas elucubraciones nocturnas y me lance a la aventura de bucear en la antigüedad de aquella ciudad perdida.

Deje a mi montura con comida suficiente para toda la jornada y emprendí la caminata para buscar la entrada a la ciudad. Antes siquiera de dar un paso ya me vi asaltado por nueva información. Los muros que a última hora del día anterior había examinado tan concienzudamente para extraer las plantas que allí crecían me reveló algo que había pasado por alto a causa de la oscuridad. No eran grietas naturales del viento y el tiempo lo que se extendía por toda la construcción. Eran marcas, arañazos de herramientas por toda la superficie.

Me recordaron las marcas que dejan los mineros en la piedra viva cuando construyen los túneles. Pase mis dedos por las hendiduras esperando encontrar un tacto áspero y me sorprendió lo suave que había quedado el canal de los surcos y lo afilados que estaban los cantos, como si la herramienta utilizada hubiera quebrado la dura piedra como si fuera mantequilla. Tome impresiones rápidas con papel y carboncillo por simple curiosidad, la superficie no mostraba ninguna marca que pudiera ser calcada.

Ansioso camine con paso firme rodeando la ciudad para encontrar más datos del pasado. Me llevo media mañana llegar a las puertas, mi suerte me había hecho encontrar la ciudad en la zona más alejada de la entrada. Dos enormes portones de hierro yacían en el suelo, habían sido arrancados a golpes desde el interior. Sin duda un ariete de guerra por las marcas que se podían apreciar en el metal combado. Dibuje con sumo cuidado aquellas puertas. Fue una lastima no ser capaz de tornar aquellas pesadas puertas para poder ver el lado exterior que se podía vislumbrar desde el canto.

Preguntándome que habría ocurrido para que los habitantes rompieran sus propias puertas me adentré al fin en la ciudad. Ante mi se elevaban edificios circulares de cuatro plantas. La última con una terraza que se conectaba a los edificios cercanos hasta crear dos niveles de calles, el superior que parecía unir todas las casas de la ciudad, y el inferior en el que se encontraba él. Vi el diseño perfecto que habían construido, con cada casa distanciada de las demás por la misma distancia, como una cuadricula. Círculos concentricos que se adentraban más y más hasta llegar al centro mismo de la ciudad.

Desde donde me encontraba podía ver pasillos sin final pues la ciudad era demasiado extensa como para poder ver el otro extremo. Lo que si pude apreciar, en lo que parecía la calle central de la ciudad, fue una construcción ajena a las demás en el centro. Intrigado me decidí por comenzar mi investigación con aquella estructura. Camine durante un par de horas hasta llegar al centro. En ese lapso me fije que no solo los muros exteriores tenían las marcas, las casas, el propio suelo, el muro interior también mostraban los mismos surcos. A medida que me acercaba a mi destino los surcos eran más toscos, en todas direcciones superponiéndose unos a otros.

Me atreví a suponer que las personas encargadas de realizar aquellas extrañas modificaciones habían empezado en el centro de la ciudad y habían perfeccionado la técnica según avanzaban. Me intrigó que no viera rastro de vida en ningún lugar, no esperaba habitantes en un lugar muerto hacia siglos, pero no había rastro alguno de que allí hubiera vivido alguien. Ni una herramienta, ni ropa en alguna ventana, ni carromatos abandonados. No había nada. Las puertas de todas las casas habían sido abiertas de forma violenta, la madera astillada aun seguía en el suelo y lo único que podía ver eran bocas negras y vacías.

Sentí cierta animadversión a continuar tras ver tanta soledad y desolación, pero mi animo no flaqueó y continué mi marcha. A medida que avanzaba también me percaté que la figura que había despertado mi interés se hacía más y más grande a cada paso que daba,  las casas permanecían todas con el mismo patrón de cuatro plantas pero aquello que crecía a lo lejos no cumplía dicha norma. No tardé en percatarme de que se trataba de una pirámide truncada, carecía de remate. Desprendía un leve brillo plateado a la luz del sol.

Al llegar ante ella descubrí el porque del brillo, pero también sentí nauseas y el terror me asaltó como un monstruo infantil. Aquella pirámide se levantaba con un material muy particular, del color de la plata, era solido pero recordaba al mercurio. Pero eso no me perturbó hasta el punto de querer huir de allí. Entre los grandes bloques de aquella megalítica estructura, que se elevaba cuarenta metros por encima de mi, se habían usado cuerpos como argamasa. Cientos de miles de calaveras me sonreían, la mayoría con los dientes rotos y los cráneos hundidos. A unos diez metros de altura vi que el material cambiaba por cuerpos sepultados en pequeñas rocas alargadas del mismo material, algunas veces mezcladas con piedra negra.

Pude entrever a una pareja de esqueletos completos abrazada con un brazo en alto. Uno de ellos no tenía la cabeza. A quince metros vi manos surgir de las rocas, agarrotadas por las suplicas de la supervivencia. A más ascendía mi mirada más cruel era la postura en la que encontraba los cuerpos.

Sentí que me desvanecía y nunca sabre cuanto tiempo permanecí allí de pie con la boca abierta y la mano derecha tratando de contener el vomito. Ni siquiera sé si llegue a oír los pasos de la criatura o su gañido lastimero. Me alertó el olor, eso si lo sé con seguridad, el olor a podrido y acre que me picaba en la nariz al inhalar.

Vi su enorme mano empuñando un largo mango de metal por el rabillo del ojo. Me dio el tiempo justo a girarme para poder ver la cabeza del martillo, de un intenso color plata, abalanzarse sobre mi cabeza. Me sorprendió no sentir dolor, fue una sensación extraña. Escuche como los huesos de mi cara se rompían, tras lo cual llegó un furioso aleteo, como el de un millar de mosquitos que zumban cerca del oído. Tras lo cual no llegó nada, solo oscuridad.

La oscuridad me envuelve, me mece con cariño para que olvide. Hace tiempo que no recuerdo a mis padres, creo que estuve casado pero ya no lo recuerdo. Ahora no soy capaz ni de saber como llegue a la ciudad. En breve Dios será piadoso y dejaré de recordar mi muerte y podre perderme en el olvido junto a mi sueño.

El sueño de una ciudad imposible.