¡Ay, Eragon! Lo que has perdido con los años. No es que fueras un gran libro enclaustrado en tu época, más bien he crecido hasta darme cuenta de que lo bueno que veía en ti era un reflejo viejo de algo que me entusiasma en otras obras. No te negare los buenos momentos que me proporcionaste hace años, seguirás orgulloso en mi estantería (O no, porque con la colección de películas ya no sé donde poner los libros) y seguro que me das entretenimiento en algún momento que decida volver a tus tierras. Pero nunca llegarás a ser Harry Potter o El Señor de los Anillos aunque en sus días te equiparé con ellos en mi criterio mental.

Es precisamente este cambio de actitud o de línea de pensamiento el que me lleva a escribir estas líneas. La evolución del lector, como una obra se ve influida por dos fuerzas opuestas y/o cooperantes según la circunstancias: el autor y el lector. El autor determina todo lo que concerniente a la historia, los personajes, el contexto, la acción, etcétera. Él se encarga del mundo y el lector se encarga de vivirlo a través de sus páginas. Esa función, la del lector, es determinante para que una obra sea buena o mala a criterio personal. Más allá de la calidad aquí nos encontramos con algo más emocional(Aunque no niego que algunos lectores caen en lo visceral por culpa de la falta de calidad).

Esto nos lleva a que Eragon fuera un fenómeno de masas, al igual que otras obras mucho más populares y con más resistencia al paso del tiempo. La obra en si no era gran cosa pero su campaña publicitaría la llevo a muchos hogares y en ese punto entro el lector, un lector joven que se podía identificar tanto con Eragon como con su creador (Un chico como él que había logrado crear todo aquel mundo). Se jugaba mucho con esa complicidad entre el lector y el escritor para que la gente se enganchará a la serie. Y tras las primeras páginas quedabas embriagado por el aroma de los bosques, el crujir  de los árboles, el choque de las espadas y el abrasador fuego de los dragones.

En definitiva, para un lector joven aquel mundo le llamaba como a Bastian le llamaba el reino de Fantasía (Que me perdonen los seguidores de La Historia Interminable por esta comparación pero era la más acertada). Nos sentíamos uno más en la aventura a medida que avanzaba Eragon a través del inmenso reino junto a Saphira. Le vimos crecer, convertirse en medio elfo y ver a su amigo convertido en enemigo.

Fue un gran viaje que disfrute haciéndolo. El problema vino con el tiempo. El libro siguió siendo igual, pero yo cambié. Crecí, evolucione como lector y consumidor de historias y cuando volví a Alagaësia (Paolini, ¿No tenías un nombre más fácil hijo mio? Queda muy bien pero Minas Morgul es igual de exótico y no tengo problemas para recordar como se escribe) y no encontré lo que había dejado cuando partí. Comencé a revisitar aquellas tierras y la música de John Williams comenzó a escucharse levemente, mire al cielo esperando encontrar dos soles.

No volví a Alagaësia como yo esperaba, me encontré con Tatooine. Eragon vivía con sus tíos, con sus padres desaparecidos y un día de la nada algo extraordinario le ocurre y conoce a un viejo que vive cerca de él. Estaba viendo algo que no vi la primera vez, lo que tanto me atraía de esta saga era mi amor hacia a otra. Incluso las diferencias que había parecían confirmarme más y más que Paolini trataba de ocultar la “inspiración”, convertir al mentor en padre es uno de esos momentos en los que la primera vez aluciné y la siguiente pensé ¿Lo ha hecho porque poner de padre al malo era muy obvio?

Llegados a este punto tenemos el origen de la entrada. Eragon desde un principio tenía esos fallos, lo mismo que Crepúsculo, After, Cincuenta Sombras de Grey o las mil y una copias que le precedieron. El libro no cambia, no evoluciona, no se adapta al tiempo. El lector si. Lo que en nuestra infancia nos pareció alucinante y perfecto, hoy día no a aguantado tan bien el paso del tiempo. Pero no es la obra en sí, la obra no cambia, no empeora o mejora, sin embargo nuestra perspectiva si. El tiempo nos puede hacer admirar detalles que antes no nos gustaban como la tierna historia de Forrest Gump a lo largo de la historia y que de niños nos aburría esperando ver otra escena divertida; o aborrecer uno de nuestros detalles favoritos como el entrenamiento de Eragon con los elfos que lo considero apresurado e infantil para la carga que Paolini quería darle pero que en su momento me encantó.

Con esto quiero decir que la literatura barata seguirá siéndolo, pero que podemos apreciarla en determinados momentos de nuestra vida. Por esta clase de cosas estoy en contra de que se obligue a los niños a leer si o también determinados títulos. Son indispensables pero a un crío no le puedes obligar a leer el Quijote o peor, leer su adaptación que lo destroza. Déjale que madure como persona y lector. Cada libro debe ser leído en su momento, y hay libros que deben ser leídos en todos los momentos.

Recordad vuestras tardes delante de la tele viendo Pokemon, Power Rangers o Sailor Moon. Recordad esos momentos y como los disfrutasteis. Que sea algo mediocre nunca le arrebatará el valor que tuvo en su momento porque, como dije antes, cada obra debe ser apreciada en un momento determinado y a veces tenemos la suerte de acertar con ese momento.

Aquí podéis haceros con él si aun no lo tenéis en vuestra biblioteca.

Eragon (Rocabolsillo Bestseller)