Hubo un tiempo en que los humanos vivían en una tierra de bestias, dragones y monstruos.

En un día de verano, con el sol cayendo con sus abrasador abrazo sobre los grandes campos de arroz, se escuchó a lo largo del feudo el grito de una mujer. La princesa Hikari había sido raptada por un malvado duende obsesionado con el canto del a joven.

Su padre mandó a los mayores héroes de la región a su rescate. Pocos regresaron de la cruzada, convertidos en seres monstruosos que mezclaban los rasgos de los hombres que fueron antaño con las ranas y las avispas. El duende Morakai disfrutaba de hechizar a hombres y mezclarlos con las bestias del lugar.

Todo el reino lloró por la perdida de la princesa. Los campos se inundaron como si le llanto se hubiera contagiado a las nubes. La voz de Hikari no se volvió a escuchar y su padre se encerró en su hogar carente de toda esperanza.

Nadie parecía tener la fuerza para emprender el viaje y rescatar a la princesa, y en la ausencia de esta el feudo moría con lentitud, como si todos sus habitantes hubieran aceptado su final, melancólicos por la perdida.

Haku, un simple campesino que trabajaba en los campos cercanos a la casa del señor feudal, se decidió a traer de nuevo a la princesa Hikari a su hogar para recobrar la paz y armonía que el duende Morakai les había arrebatado.

Pero Haku no sabía luchar, no tenía armas ni armaduras, y mucho menos caballo. No era un guerrero. Se propuso una misión que no podía cumplir con la determinación estoica de una montaña que no va a ceder frente a un huracán.

Bajo la lluvia de la quinta semana se alejó de la tierra que le vio nacer, con un bulto con comida y un arco improvisado. Pocas flechas podía llevar, flechas fabricadas con prisas con ramas viejas  y plumas rotas.

Así comenzó el viaje de Haku a través de los bosques ancestrales y las montañas inclementes.

Haku vio con sus propios ojos la belleza del mundo. Los grandes dioses del bosque que creaban campos de flores a su paso de una hermosura atrayente, durante varios días Haku viajo tras estos grandes ciervos de mirada sabia y rostro amable, enamorado de su presencia. Casi había olvidado a Hikari cuándo se topó con un demonio Kappa que le impidió el paso.

El Kappa le amenazó con gritos y aspavientos que si se atrevía a vadear aquel río lo devoraría. Haku retrocedió unos pasos y reflexionó. No podía retroceder pues ya se había retrasado mucho. Debía atravesar el río. Una hora se mantuvo Haku sentado observando al Kappa que no le quitó el ojo con golosa ambición.  Haku, con calma, se levantó y se aproximó al demonio.

Os propongo un trato, demonio. Si lográis seguir con la mirada mi flecha y decirme con exactitud dónde cae, no me resistiré y dejaré que me devoréis.

La propuesta de Haku extrañó al Kappa, pero el hambre y la codicia le hicieron aceptar a pesar de sus sospechas.  Haku tomó una de sus pocas flechas y tensó su arco improvisado levantando hasta apuntar al Sol. Con un chasquido la flecha silbó en el aire en un ascender meteórico. El Kappa siguió la flecha humedeciendo sus labios con gula sin percatarse que estaba derramando el agua de su cuenco.

La flecha se perdió entre los árboles de la otra orilla, pero el Kappa no pudo verlo. Había quedado estático junto a Haku, se había secado al derramar la vital agua que le mantenía vivo fuera del agua. Ahora el campesino tenía el camino libre para vadear el río. Dio un paso al frente pero la pena le hizo retroceder para recoger el cuerpo menudo del demonio. Cruzó el río con miedo y cuidado a que el Kappa cayera al agua y lo arrastrará hacía el fondo.

Respiró aliviado al llegar a la orilla, dejando al Kappa tumbado junto a ella. Vio complacido que unas pocas gotas iban cayendo  en el cuenco de su cabeza, el río rellenaría con lentitud de vida al Kappa y daría tiempo a Haku para alejarse de allí.

Marchó con el alma tranquila pues sabía que el demonio volvería a la vida en poco tiempo, no se alimentaría ese día pero no permanecería encerrado en su propio cuerpo eternamente.

Haku recorrió los bosques primigenios durante semanas encontrándose con más criaturas, pero nada le indicaba en que dirección buscar. La princesa cada día le parecía más lejana y perdida, pero no se permitía perder la esperanza. Recordaba su hogar anegado por el agua, no podía dar media vuelta, debía encontrar a la princesa.

Una noche el sonido lastimero de un animal le despertó. En la oscuridad reptó en silencio hacía el sonido, temiendo encontrarse un monstruo aterrador. Tras unos cuántos árboles, en un pequeño claro, ve un inmenso dragón enroscado sobre si mismo, con la cabeza atrapada entre dos ramas que se le han clavado en la mandíbula. La sangre, de un vivo dorado, fluye por su cuello. A sus pies el suelo brilla con ese líquido vital.

El dragón esta llorando desesperado. Sus lágrimas flotan sobre él, alejándose hasta el cielo, convirtiéndose en nuevas, hermosas y tristes estrellas. Haku nota su corazón dolorido ante la imagen que ve. Se acerca con cuidado al pobre dragón. La criatura le mira con recelo. Lanza un líquido negro que cubre todos los árboles y el suelo como un engrudo maloliente. Haku ve con asombro como el bosque a su alrededor se petrifica a causa del aliento del dragón.

Permanece en el límite del dragón durante horas, acercándose lentamente. Amanece y anochece tres veces hasta que Haku puede tocar el dragón. Tomando un cuidado máximo, Haku corta las ramas petrificadas y logra liberar al dragón que cae al suelo sin fuerza. Su cuerpo esta helado y apenas le quedan fuerzas salvo para mirar agradecido a Haku antes de cerrar los ojos.

Haku se asusta ante el lastimero aliento que empieza a decrecer en la criatura. Rompe su arco con pesar y sus flechas y hace una fogata con rapidez.

Una semana alimentando ese fuego y curando las heridas del malherido y moribundo dragón. Haku no ha olvidado su misión pero no puede alejarse de aquel ser y dejarlo a su suerte.

Una mañana despierta y ve que el dragón a desaparecido, dónde había estado el inmenso cuerpo de la criatura Haku ve un arco nuevo. Una voz suena en su cabeza cuándo trata de cogerlo:

Toma uno de mis bigotes como regalo por tus cuidados, pero ten cuidado de abusar del poder de este arco. Podría llevarse más de lo que te dé.

Haku agradece al dragón el regalo sin saber si algún día volverá a verlo.

Ante el retraso debe ponerse en marcha en busca del villano a un paso ágil.

Tres largas jornadas trotando le lleva al final del bosque y al inicio del territorio de Morakai. Tuvo un enorme cuidado de evitar todo contacto con los seres de esa zona del mundo, por miedo a ser descubierto por el malvado duende.

Llego al castillo de Morakai cuándo un ejercito salió a su encuentro. Su misión había fracasado, no había descubierto que había sido perseguido todo el tiempo por los hombres de Morakai, seres del inframundo creados por el duende. Vio a Hikari arrodillada con una cadena alrededor del cuello y a Morakai a su lado, con sus grandes orejas verdes y su sonrisa amplia y desagradable.

Las lágrimas de ira y tristeza surcaron su rostro. Incapaz de aceptar que el duende gane y su pueblo y su princesa mueran alza el arco y apunta a Morakai. El ejercito le amenaza con sus lanzas, pero Morakai estalla en carcajadas y les ordena bajar las armas con un solo movimiento. Alienta a Haku a disparar  con una sonrisa siniestra y los ojos inyectados en sangre.

Haku rezó a los dioses. No le importaba su destino, solo quería librar del sufrimiento a su pueblo. Tensó el arco con todas sus fuerzas, sintiendo como le abandonaban poco a poco. La flecha silbó en el aire y estalló en el aire a pocos metros. El duende río con sorna frotándose los dedos. El aire comenzó a vibrar y la risa del duende cesó de golpe.

Dónde había estallado la flecha surgió una llama azul que danzó en el aire poco a poco, inflamándose como un globo. Hilos de plata conectaron la llama azul con el cuerpo de Haku. El campesino notó como las piernas y los brazos le fallaban. El arco cayó en el barro, la cuerda que lo tensaba, el bigote del dragón, había desaparecido.

Haku, antes de perder la consciencia, vio como una forma espectral de si mismo era arrancada de su cuerpo y se fundía con la llama azul en una explosión de luz. Haku se desplomó sin vida sobre el suelo. La llama comenzó a crecer y girar sobre si mismo y con un rugido surgió un dragón espectral de un vivo tono dorado que devoró el alma de Morakai y la de sus hombres con una furia divina.

La princesa Hikari permaneció aterrada durante horas hasta que vio como su captor y su salvador yacen muertos en aquel lugar maldito. Se deshizo de sus cadenas y corrió por el barrizal hasta el cuerpo de Haku. Rezó por su alma, agradecida por su sacrificio y con el dolor de su perdida. Sintió un abrazo cálido y entendió que Haku era feliz de haber muerto por salvarla.

Hikari tomó entonces la decisión de volver, pero con Haku a cuestas. Tardó un mes en llegar a su hogar, pero nada más pisar sus tierras las nubes se abrieron y el sol inundó aquel valle.

La armonía regresó. Hikari gobernó sus tierras durante décadas.

Nunca olvidó el sacrificio de Haku. Una estatua del humilde campesino coronaba lo más alto del templo dónde muchos habitantes juran ver la imagen de un dragón dorado con forma humana.

Un dragón que parece traer protección y felicidad a todos, alejando todos los males.

La petición de Haku ha sido cumplida.