Max es un adolescente que acaba de empezar sus vacaciones de verano deseando pasar tiempo con la chica que le gusta. Sin embargo su padre, Goofy, aterrado ante el futuro nefasto que le advierte el director de Max, acaba llevándole a pescar tal como su propio padre hizo con él. Esto no será más que el inició de una loca aventura sobre la paternidad, la lealtad, la decepción y el orgullo.

Esta película es especial para mi por varias razones (tanto que sigo postergando hablar de películas con más seguimiento) la principal es que al igual que me pasaba con Blancanieves y algún otro clásico suelto, es una película que jamás tuve en mi poder. En mi familia el cine era algo habitual tuvimos una colección de VHS envidiable, así que no disponer de ciertas películas las convertían de forma automática en algo místico y valioso.

Recuerdo que con Blancanieves se la pedía a mi tío cada vez que íbamos a su casa y la veía una y otra vez porque de un momento a otro me la acabarían quitando (Debe ser por eso que le guardo tantísimo cariño). Con Goofy e hijo la situación era aun más problemática, nadie de mi entorno la tenía así que los visionados quedaban relegados a esos momentos en que la televisión decidía transmitirla.

Cada vez que la veía me encantaba pero su recuerdo no perduraba demasiado más allá de las payasadas eternas de Goofy. Max me parecía bastante soso y sus problemas con el instituto no me interesaban, yo quería ver a su padre hacer el tonto. Así fue que cada vez veía la película en intervalos más largos, no la ponían y yo tenía más vivido el recuerdo del soso de Max que el resto. Pero seguía guardándole cariño, como a tantas otras películas que viviste de niño. Porque en la infancia no ves una película, la vives.

Hasta hace unos días que mirando por Twitter me enteró que Netflix la tiene y me pongo a verla casi al momento. Entonces me encontré con algo muy especial. No era una simple película para el canal Disney basada en meter un hijo molón para los niños de los noventa y las acrobacias de Goofy para hacernos reír. Había mucho en esa película. Se la tomaron muy en serio. La relación de Goofy y Max es solida, se asienta muy bien y entiendes a ambos desde el primer momento.

Los miedos de Max a convertirse en el bobalicón de su padre creyendo que se van a reír de él y la chica que le gusta le va a odiar, porque Max ve lo “malo” de su padre, lo que tiene en común con él y no lo quiere. Los miedos de Goofy cuando le dicen que su hijo va a ir a la silla eléctrica. Claro que Goofy actúa  de esa forma ante tal burrada, es su hijo, le preocupa su futuro y que el director del instituto le diga eso lo deja hundido.

El propio viaje aunque es un desastre al principio es imposible no empatizar con ambos. Max se siente un prisionero porque le llevan a un lugar que no quiere ir obligado, y Goofy solo desea lo mejor para Max pero no llega a entender que su hijo no es como él, que la relación que tuvo el mismo con su padre no puede extrapolarla a la suya con Max. A ambos les cuesta mucho llegar a un punto de entendimiento, y cuando lo logran lo sientes porque el dialogo que se da tiene mucho corazón. Da igual que el desencadenante sea un monstruo de tres metros con bigote ridículo, lo importante no es como llegan a ese dialogo, lo importante es el dialogo en sí.

Claro, las escenas de acción son divertidas, ágiles y llenas de creatividad, como el momento en que cierto maquiavelico jefe de Goofy desaparece con su caravana, pero no le restan nada a los puntos clave de trama, ni estos interfieren en los gags. Es un equilibrio perfecto que ayuda en todo momento a que avance tanto el viaje como los personajes.

Justo en ese primer punto de entendimiento es cuando podríamos sentir cierta animadversión hacía Max por engañar a su padre para hacer lo que a ÉL le gusta. Pero los guionistas lo saben y hacen que Max también se de cuenta y en esa secuencia de viaje vemos que van a lugares que les gustan a los dos, primero uno y después otro. Es un acercamiento continuo pero que crece sobre una mentira.

Ahí es cuando entra en juego el otro gran momento, el mejor de la película y que es estremecedor. Goofy enterándose que su hijo le ha mentido. Primero negando a Pete que eso sea cierto, él confía plenamente en Max y no puede concebir que le este engañando. Pero Pete es muy persuasivo y aunque Goofy pregone que cree en su hijo acaba en el coche y ve el mapa. Acto seguido vemos su cara, alargada, triste y lo peor de todo es la decepción. Se te hiela la sangre al ver ese rostro hasta el punto de sentir lástima por Max también. Y luego como esa decepción se transforma en rabia cuando su hijo le confirma que le ha engañado, Goofy no dice nada, siguen su camino y deja que Max le diga en que dirección ir pues no quiere creerlo y aun deposita esa esperanza en él, y Max la rompe al tomar el camino a Los Ángeles.

Ese momento es devastador, como enfurecido aparca el coche y trata de salir pero el cinturón se atasca. Podría haber sido un alivio cómico, pero no, la animación no juega con ello, ayuda al momento para generar aun más tensión.  Son diez minutos de película que cuentan tantas cosas con simples gestos que aturulla. Se resuelve con una canción en la que se abren y ambos explican las cosas, vemos que se quieren aunque sean muy diferentes y entienden que el otro tiene necesidades diferentes a las suyas propias. Todo culminando en la escena de la catarata como catarsis. Es muy bonito.

Claro, terminamos con el número musical y un montón de payasadas Made in Goofy, pero eso es porque el núcleo de la película ya ha concluido, los personajes ya han llegado a donde deben, ahora pueden tener su traca final sin complicaciones. Es maravillosa. Es una película con mucho jugo, hasta Max es menos blanco de lo que me parecía, es bobo, entrañable, listo y un poco gamberro pero con buen corazón. Entiendes porque Roxanne también se siente atraída por él, y la propia Roxanne también tiene cierta personalidad dentro de lo poco que sale, es tímida, entregada, patosa. Son dos chicos simpáticos.

Por eso es tan especial esta película, dedicaron mucho empeño y mimo en ella. Querían hablar de la paternidad, de la decepción, el engaño, la diferencia entre amor, respeto y miedo. Acabamos sabiendo que Max quiere a su padre, y que Pete tiene un hijo que le tiene miedo aunque lo disfrace de respeto. No deja nada en el tintero y cuenta todo lo que quiere contar. Es una joya y es raro que lo diga de una película titulada Goofy e Hijo por eso es tan especial. Las apariencias engañan.